Rutina de autobús
9:15 de la mañana Autobús EMT Madrid
Lugar : Avenida Reina Victoria
Fecha: Un día cualquiera
- - Anciana dice: Joven,¿Se va a bajar?
- - Sevidora dice: Dentro de dos paradas
- - Anciana dice: Ah, pues mire casi me pongo yo en el asiento del pasillo, así no la molesto…
- -Servidora dice ¿usted se baja ya?
- - Anciana dice:Si joven, bueno… en dos paradas también
- - Entonces no se preocupe señora, salimos las dos juntas
- - Ay, mi niña, es que como estoy tan mayor…
Bien; hasta que no se sienta en el asiento del pasillo no para. Parece que le fuese la vida en ello, y la cara es de pánico total. Tú, por supuesto, ya no pasas al sitio pegado a la ventana, sino que, cómo teledirigida por un marea humana de empujones y olor corporal, caminas hasta la zona de “embudo” cercana a la puerta de salida. Todavía queda una parada, pero notas la presión en forma de suspiros golpeándote la nuca, ya sudorosa, e incluso te planteas bajarte antes de tu destino, y cubrir el resto del trayecto caminando… (si, a pesar de los 45 euros del abono mensual)
No se equivoquen, el autobús (muy especialmente, el circular, a la altura del Clínico, y por la mañana) es una jungla, en la que los jóvenes tenemos la batalla perdida de antemano porque no gozamos de la impunidad que tienen nuestros mayores para dar codazos y arrimar la cebolleta…
De las esperas interminables por un bus que nunca llega hablamos otro día…
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sábado, 25 de julio de 2009
jueves, 18 de diciembre de 2008
a vuela pluma...
Me gustaría ser una de esas personas con una vocación clara. Ya sabes, médico, futbolista, torero... No tengo ninguna duda de que yo no soy uno de ellos. No creo que sepa, ni nunca llegue a saber, qué es lo que quiero de mí.
Supongo que lo que ahora quiero es ser un doctor, un reputado profesor. Pero antes quise ser publicista, futbolista, actor, guionista... ¿Qué se hace cuando uno se aburre constantemente, cuando te interesa todo y nada a la vez, cuando se necesitan estímulos constantes para ser feliz?
Ahora quiero ser doctor...y, sinceramente, no creo que sea capaz. No es una reflexión lastimera. Es que no lo deseo lo suficiente como para esforzarme todo lo que la situación requeriría.
¿Y qué es lo que deseo? ¿Qué es lo que quiero? Quizá todo y nada. Quizá sea esa la maldición de los que quieren abruptamente.
O quizá sea sólo que estoy en mi trabajo y que... cómo no... me aburro
Supongo que lo que ahora quiero es ser un doctor, un reputado profesor. Pero antes quise ser publicista, futbolista, actor, guionista... ¿Qué se hace cuando uno se aburre constantemente, cuando te interesa todo y nada a la vez, cuando se necesitan estímulos constantes para ser feliz?
Ahora quiero ser doctor...y, sinceramente, no creo que sea capaz. No es una reflexión lastimera. Es que no lo deseo lo suficiente como para esforzarme todo lo que la situación requeriría.
¿Y qué es lo que deseo? ¿Qué es lo que quiero? Quizá todo y nada. Quizá sea esa la maldición de los que quieren abruptamente.
O quizá sea sólo que estoy en mi trabajo y que... cómo no... me aburro
martes, 16 de diciembre de 2008
Encuentro en las alturas
Caminando por mi calle, un día cualquiera, eso sí, en plena Navidad. Nunca miro hacia arriba, me molesta mucho el sol, y además mi acera está llena de cacas de perro. Pero debió darme una especie de llamada divina, y al cielo miré. Allí estaba; era un gigantesco muñeco de nieve, ocupando dos tercios del pequeño balcón.
Me pregunto dónde lo guardan el resto del año, pero me gusta ver que sigue vivo el mal llamado espíritu navideño. Todo es más grande, todo tiene más luz, todo es ¿felicidad? durante estos días. La noche pasa a ser “mágica” y los niños tienen ojillos de “quiero esto y lo otro y lo de más allá” sabiendo que los reyes nunca fallan. Hay colas interminables (este año menos) pero la gente sonríe. La gente sonríe y come, come y compra, compra y regala. Es una sucesión de verbos prohibidos en otras épocas del año.
Para los que, como yo, creemos en la navidad como algo más que consumismo y cenas de empresa, esta época te hace ir por la calle con un punto de chulería. Incluso te arriesgas a meter en el ipod alguna canción con un toque “christmas“. Te puedes poner cabezas de reno o gorros de papa noel en la cabeza sin parecer tonto, puedes aprovechar para hablar con viejos amigos/ligues poniendo la excusa barata de “Nada, solo quería felicitarte el año” (¡mentira!), y la gente es, o aparenta ser, mas buena. Y esto no es poca cosa, bien merece que nos traguemos los anuncios de Freixenet, las colas en “Manolita” y las galas de José Luis Moreno. Ay! Si la gente fuese buena todo el año…
La pena es que todo lo bueno termina, y a mediados de enero, la barriguita de los excesos ya no te hace sonreír tanto, la visa la tienes en números rojos, ya no quieres ni puedes comprar (regalar ni lo nombro) y las luces en la calle ya no están, más que en los semáforos. Las cosas recuperan su tamaño natural, o en todo caso, se achican.
Los pobres siguen siendo pobres, y los ricos, un poco menos. Y todos los buenos propósitos están en alguna despensa, junto a los restos de turrón, esperando a ser rescatados las próximas navidades.
Me pregunto dónde lo guardan el resto del año, pero me gusta ver que sigue vivo el mal llamado espíritu navideño. Todo es más grande, todo tiene más luz, todo es ¿felicidad? durante estos días. La noche pasa a ser “mágica” y los niños tienen ojillos de “quiero esto y lo otro y lo de más allá” sabiendo que los reyes nunca fallan. Hay colas interminables (este año menos) pero la gente sonríe. La gente sonríe y come, come y compra, compra y regala. Es una sucesión de verbos prohibidos en otras épocas del año.
Para los que, como yo, creemos en la navidad como algo más que consumismo y cenas de empresa, esta época te hace ir por la calle con un punto de chulería. Incluso te arriesgas a meter en el ipod alguna canción con un toque “christmas“. Te puedes poner cabezas de reno o gorros de papa noel en la cabeza sin parecer tonto, puedes aprovechar para hablar con viejos amigos/ligues poniendo la excusa barata de “Nada, solo quería felicitarte el año” (¡mentira!), y la gente es, o aparenta ser, mas buena. Y esto no es poca cosa, bien merece que nos traguemos los anuncios de Freixenet, las colas en “Manolita” y las galas de José Luis Moreno. Ay! Si la gente fuese buena todo el año…
La pena es que todo lo bueno termina, y a mediados de enero, la barriguita de los excesos ya no te hace sonreír tanto, la visa la tienes en números rojos, ya no quieres ni puedes comprar (regalar ni lo nombro) y las luces en la calle ya no están, más que en los semáforos. Las cosas recuperan su tamaño natural, o en todo caso, se achican.
Los pobres siguen siendo pobres, y los ricos, un poco menos. Y todos los buenos propósitos están en alguna despensa, junto a los restos de turrón, esperando a ser rescatados las próximas navidades.
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