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martes, 16 de diciembre de 2008

lo de siempre

Muchas veces se ha escrito y hablado sobre esto mismo. Muchas veces te habrás sentido como me sentí yo en aquel momento. Sin embargo, esta vez, no era a ti, ni a tu primo, ni a un tío de éste a quien le pasaba...me pasó a mi.

Fue en una cálida noche de verano. Lo cierto es que era una de esas noches románticas de por sí: Brisa agradable, delicioso olor a tierra mojada tras una intensa tormenta y un largo paseo por un enorme pinar por delante. Aunque uno fuera tonto, cojo, tuerto y tuviera una halitosis comparable a la de un caballo con cagalera tenía un 80% de posibilidades de que aquél paseo con ella acabara en éxito sonado (Fuente: Eurostat).

Uno nunca llega a...un momento. He mencionado una “ella”. Tendré que explicar quien es ella antes de explicar qué pasó en esa (y aquí ya anticipo algo) fatídica noche.

Como en todo relato romántico que se precie, tendría que decir que no se la puede describir con palabras, que si su sonrisa tal, que si sus ojos cual... Pero este no es un típico relato romántico, es mi relato romántico así que sólo diré que si alguna vez encuentras unos ojos mas verdes y profundos, y una sonrisa con tanta capacidad de expresar y contagiar felicidad, me lo digas. No te creeré (a menos que aportes como prueba fotos de ella, su teléfono, medidas y estado civil, siendo esto último prescindible en la mayor parte de los casos)

Bueno, voy a dejarme de zarandajas y voy a ir al grano. Pasé a recogerla por su casa hacia las once de la noche. Como siempre me hizo esperar los diez minutos de rigor en la puerta de su casa y, como siempre, la espera mereció la pena. Cuando salió de casa tuve que morderme la lengua para no decirle lo que le dice Anakin a Padmé en la primera precuela de La Guerra de las Galaxias: “¿eres un Ángel? Son las criaturas mas bellas del universo...”

Como de costumbre ella se disculpó por su retraso y como de costumbre su disculpa sonaba falsa y tonta. Pero a mi no me importaba. Sabía que lo hacía para hacerse la interesante conmigo. “ No necesitas esos trucos” pensé creyéndome el protagonista de una peli del oeste. Solo me hubiera faltado decírselo y añadir un “nena” al final para realmente serlo. Bueno, eso y un par de pistolas, unas botas, un caballo, un jagüero, dos juegos de espuelas (unas de repuesto) y vivir en EE.UU hace cosa de un siglo.

No se trata de describir aquí cada paso que dimos, cada tema que tocamos, cada sentimiento que me producía su presencia cerca de mí... eso convertiría mi relato en una hortera retransmisión deportiva (valga la redundancia) más que en texto con pretensiones romántico-humorísticas. Por este motivo, saltaré hasta las postrimerías del paseo, cuando volviendo a su casa nos paramos en lo alto de un pequeño páramo y nos sentamos.

Trata de imaginar la escena: Los dos sentados bajo los pinos, la luz de la luna filtrándose entre sus ramas (las del árbol, no las de ella) e iluminando su cara como si fuera un regalo de reyes iluminando la cara de un niño, su cabeza y su pelo (¡qué bien huele a melocotón y menta!) apoyándose sobre mi hombro y la conversación mas maravillosa (a la par que desconcertante) que he tenido en mi vida a punto de producirse:

“¿Has estado mejor alguna vez en tu vida?” dijo ella

“No” respondí con sinceridad. Pero me lancé un poquito y arriesgándome añadí mirando a sus dulces ojos

“pero podría estar un poco mejor”

Ella sonrío. Era lo que deseaba oír.

Tras un rato de tenso silencio sólo roto por el ruido de algún coche que pasaba por la carretera cercana ella volvió a tomar la palabra...

“¿sabes? Siempre elijo mal a los hombres... elijo a los que me hacen daño. Yo tendría que enamorarme de ti, eres justo lo que necesito, pero no se porqué no termina de pasar...”

“Porqué no te sale de los huevos, quizá” Me permití añadir para mis adentros, haciéndome una gracia tremenda, dicho sea de paso.

Si te digo que los pelos de los huevillos se me pusieron lisos me quedo corto. Aquellas palabras nunca podrán salir de mi cabeza. Jamás podré olvidarlas. Mi corazón latió tan rápido que bombeó más centímetros cúbicos de sangre en un segundo que agua el Canal de Isabel Segunda en un año y medio.

Ante semejantes palabras no pude sino acercarme un poco a ella...temblando y casi incapaz de decir una palabra, con un hilito de voz, intenté decirle que ella era la razón de mi vida, que su felicidad era la mía, que era por ella por quien intentaba ser mejor persona cada día, que por ella respiraba, que por ella andaba, que por ella reía, que por ella hacía reir...pero no pude. Me puso un dedo en la boca y se acercó a mi...muy despacio. Sus ojos estaban clavados en los míos y su cara esbozaba una media sonrisa de lo más sugerente. Tuve que reprimir las lágrimas de felicidad...había imaginado tantas veces ese momento que no podía creer que estuviera sucediendo. Ella abrió un poco su boca y siguió acercándose...yo abrí un poco la mía y deje que se acercara...pero se detuvo. Se detuvo y dijo algo que tampoco olvidaré jamás:

“¿sabes? Soy tan afortunada...eres el mejor amigo que una mujer puede tener.¡Eres...como un hermano mayor! ¡Pero sin peleas!”

Mis dotes actorales me permitieron salir airoso de semejante situación con una carcajada más falsa que Ruiz de Lopera cuando dice que el no lee libros porque no tiene paciencia.

Dije un “ya ves...así soy yo” entre dientes acompañado de una carcajadilla nerviosa y pensé: “¡Mierda, me cago en la amistad!”

lunes, 15 de diciembre de 2008

Querida Lorraine

La primera vez que la vi en aquél bar era imposible que estuviera seguro, pero el pecado de la impaciencia me susurraba al oído: “Es justo lo que andas buscando”. Así que me acerqué a ella y me presenté:

“Tu aún no lo sabes, pero eres la mujer de mi vida. A propósito: Hola, ¿qué tal? ¿Cómo te llamas?”
“Hola...”

Silencio Tenso

“Me llamo Lorraine. Pero se supone que eres tu el que está intentando ligar conmigo, así que creo que te corresponde a ti empezar presentándote... Lorraine De Mulder, para ser exactos. Ese es mi nombre”
“Oh...bien...yo soy Frank...de Nueva York. Ese es mi nombre, para ser exactos”
“Tendrás que mejorar el nivel de los chistes si pretendes que me interese en ti...”
“No sé hacer chistes y creo que te equivocas, no pretendo que te intereses en mi”
“¿Ah no?”
“No. Pretendo que te enamores de mí”

Y así fue como comenzó todo. Ella es tan fácil de querer. Es tan dulce. Yo no, yo sólo soy un necio enamorado de mi Querida Lorraine.

Durante toda mi vida me he sentido un vagabundo. Un deambulante profesional de esos que creen que todo camino es bueno si no sabes a dónde vas. Al menos eso es lo que yo decía a la gente. Realmente vivía al lado de casa de mis padres.
En cualquier caso tras un breve noviazgo, alegre y feliz, Lorraine y yo nos casamos en una pequeña capilla de las afueras de la ciudad, y antes de que nos diéramos cuenta estábamos metidos de lleno en un matrimonio convencional.

Todo era comprar y vender, y vender y comprar...así funcionaba todo el asunto. Y no sólo hablando en términos económicos. Todo nuestro matrimonio era una especie de negociación entre mi rigidez, mi intervencionismo y su laissez-faire, entre mi convencionalismo y su culo inquieto...pero era inevitable. Me sentía tan bien con mi Querida Lorraine. Si no fuera por ella hace tiempo que me habría ido de aquí. Podría haber sido un buen músico. Adoro el piano.

Para ella era distinto. Pero eso sólo lo descubrí algún tiempo después cuando, sin venir a cuento, un día, me soltó, entre otras lindezas: “Frank...ya está bien. He tenido más que suficiente” “Esta relación es desgarradora” “Me he cansado de ser la Querida Lorraine”
Al principio no terminaba de creer lo que me decía:“¿Qué? ¿Qué ya no me quieres? ¿Qué vas a coger la puerta para irte? Déjame que te diga que tu no eres la mujer con la que me casé. Dices que estás deprimida pero no es verdad, sólo quieres quedarte en la cama durmiendo. Querida Lorraine, no te necesito. Puedes irte. No te necesito.”




Esa conversación llegó a convertirse en una constante de nuestro matrimonio. La debimos mantener más de sesenta veces. La discusión estallaba. Ella se iba. Y yo lloraba. La reconciliación siempre empezaba igual: Yo gimoteando al teléfono: “Querida Lorraine...te echo tanto de menos...”

A los diez años de estar casados tuvimos una niña a la que llamamos Sophie. Supongo que mas que el fruto de un amor inquebrantable aquella niña era, precisamente, lo que hacía que la relación de sus padres no se resquebrajara. ¿No es paradójico? En todo caso toda mi vida me mantuve muy unido a mi pequeña. Me gustaba vigilar que la luz de su cuarto estuviera siempre encendida para asegurarme de que no tenía miedo. Cuando las cosas se ponían feas con Lorraine el simple hecho de contemplarla y de comprobar que mientras uno y uno sumaran dos, no habría un padre que amara a su hija más de lo que yo lo hacía, me transmitía una enorme paz que me hacía volver a donde estaba Lorraine con ganas de intentarlo una vez más.

No podré olvidar aquella mañana de Navidad. Tras veinte o treinta años de discusiones y reconciliaciones sentí, por primera vez, que todo era perfecto con mi Querida Lorraine. Me levanté gracias al olor de una pila de tortitas que ella había preparado. Su sonrisa ,cuando me vio salir por la puerta del cuarto, fue como un jersey de lana gorda en una fría tarde de otoño. Y con esa sensación viví aquél día en el que juntos vimos “¡Qué bello es vivir!” en la televisión. Parecía que comenzaba una época dorada.

Pero pronto murió esa ilusión, como dijo aquél. Un día las manos de Lorraine amanecieron siendo troncos de árboles; inmóviles, duras, secas... Fuimos al doctor, y aunque aquél pazguato no paró de sonreír durante toda la visita, las noticias que nos dio no fueron precisamente buenas. Un cáncer devoraba nuestro amor.

“Querida Lorraine. Sé que sufres enormemente con ese dolor que no puedes obviar, pero no me dejes todavía. No lo hagas. Tu respiración es como un eco de nuestro amor. ¿Qué te parece si bajo a la tienda y compro algo dulce? ¿Quieres otra manta para los pies?”

Así pasaron las últimas semanas. Los últimos días. Las últimas horas. Los últimos minutos. El último segundo. Así acabó todo. La lluvia de Abril limpió los árboles, las aceras, las farolas... y la luna del prado se llevó a la Querida Lorraine. Inevitablemente, no tardé en irme con ella y allí la encontré. En medio de un bar. Si no era el de la primera vez, se le parecía mucho:

“Tu aún no lo sabes, pero eres la mujer de mi vida. A propósito: Hola, ¿qué tal? ¿Cómo te llamas?”